El retorno del oscurantismo

El retorno del oscurantismo

date_range16-Mar-2020

Por: Aldo Fulcanelli

En pleno siglo XXI; el tiempo de las redes sociales, la realidad virtual y la aventura en pos de la inteligencia artificial, la humanidad sufre una peligrosa vuelta hacia el oscurantismo. Entre los miasmas de una polarización social motivada por el desastre de la aplicación del modelo neoliberal en América Latina y los escándalos de corrupción, el fortalecimiento de las doctrinas supremacistas en el mundo, o las amenazas de guerra originadas desde el centro del andamiaje geopolítico de Washington, extiende sus tentáculos la intolerancia disfrazada de ideología de género, animalismo, lenguaje inclusivo, y una galería interminable de nuevas terminologías potenciadas por un relativismo ideológico que tiene por objeto cuestionarlo todo, prescindiendo del rigor científico e intelectual, como si las sociedades fuéramos producto de la generación espontánea; y no de los procesos que en su advenimiento; hoy nos colocan en tal momento de la historia. La nueva moralina explotada hasta lo indecible por los grandes emporios mediáticos, expertos en el arte de dividir, admite la temeraria proposición de un grupo de mujeres que alegan haber sido sexualmente abusadas, las cuales, amparadas en una muy rara cofradía de tipo internacional, lanzan acusaciones de abuso a personajes, bajo el esquema de que “tiene que hacerse justicia cueste lo que cueste”. Pero en la mayoría de los casos, las acusaciones de abuso sexual conservan la pestilencia de la fama y la fortuna, por tener las siguientes características: con honrosas excepciones, provienen de mujeres relacionadas al ámbito de la farándula, cuyas denuncias-mediáticas más que judiciales- son misteriosamente dirigidas contra hombres del poder o el espectáculo, pretendiendo señalar aparentes abusos que datan de hace años, mismos que por extrañas razones no fueron llevados a juicio en su momento, y que hoy pretenden dirimirse en una esfera de competencia diferente a la judicial, al amparo de la vendimia del escándalo consagrado en las revistas del corazón, o los medios proclives a la tendencia que provoca el chismorreo. Ante tal reflexión no es necesario ser un experto en medios masivos, o legislación sobre abuso sexual, para notar que el efecto de las denuncias no parece ser el de buscar justicia sino venganza, una venganza inquisitorial que ofusca, divide, polariza, que rebasa los límites de lo legal, para acudir de plano a la obsesión por el justicialismo que admite un más que perturbador linchamiento. Los hombres encontrados culpables según el criterio de las lideresas de opinión que integran la cofradía, sin atender al derecho a la legítima defensa, son perseguidos en la calle, medios masivos, su nombre repetido incansablemente hasta la deshonra en boletines de prensa o ataques preparados desde la redes sociales, son cesados de sus trabajos y exhibidas sus identidades por una sociedad hambrienta de noticias malsanas, mientras que las cúpulas mediáticas se rascan la barriga en medio del culto al rating; sin que sepamos en ningún momento si los acusados fueron hallados o no culpables por las instancias adecuadas.

El retorno del oscurantismo en pleno siglo XXI, también admite la recomposición de la censura. Si antes eran los regímenes autoritarios los encargados de distribuir a través de los medios gobiernistas los manuales del comportamiento ajustados a la moral pública en boga, hoy la siniestra facultad de censurar ha sido increíblemente retomada por los grupos sociales que constituidos en auténticas tribus, lejanos a toda ortodoxia, diálogo u análisis intelectual previo, pretenden reconstruir los orígenes de la humanidad a partir de la nada. Son esas mismas tribus las que amparadas por la tendencia que promueven organizaciones financiadas por fecundos desestabilizadores internacionales, aquellos que se llenan la boca impulsando conceptos como: “gobernanza”, “resilencia”, “nuevos modelos de justicia”, entre otros tópicos posicionados en el rating de los modismos, quienes hoy pretenden obligar al resto de quienes no pensamos como ellos, a acatar las órdenes provenientes de los más recóndito de sus intolerantes vísceras. Las perturbadoras argucias de esas cosmopolitas tribus que sobreviven bajo el chantaje de auto considerarse minoría sin consultarle a nadie, admiten ya la intención de modificar el lenguaje, censurar la libertad de opinión de quienes no acepten como válida su visión resquebrajada y pobre de la humanidad, un criterio que no admite el diálogo entre diferentes, y que busca la eliminación del pensamiento crítico a través de la machacona saturación de neologismos. No es cambiando las palabras como alcanzaremos la tolerancia, tampoco desde la imposición de las ideologías que lo que evidencian es una rimbombante histeria disfrazada de activismo, se trata de contemplar las diferencias amparados en el encuentro que brinda el intercambio de ideas, el común acuerdo que nace del emisor y receptor, sin pretender abducir el criterio de los demás por medio de legislaciones bárbaras, que nos acercan a la antigua máxima del “ojo por ojo, y el diente por diente”. En suma los promotores del puritanismo del siglo XXI son verdaderas hordas de fundamentalistas incapaces de negociar, que hacen gala de su inadaptación resguardándose bajo los barrocos faldones del estudio de posgrados, repitiendo como loros las doctrinas que amparadas en ese fanatismo inconsecuente, buscan ponerle fin al razonamiento, para privilegiar la barbarie ideológica que tiene por objeto: que modifiquen el lenguaje como ya se dijo, el himno nacional, la historia, por ejemplo, incluso, que intervengan en nuestro derecho a expresarnos, pues ahora resulta que ya no es posible llamar a las cosas por su nombre, so pena de ser casi desollado públicamente por un grupo de fanáticos, o el peligro de ser tachados de asesinos por otra sofisticada tribu que se ha propuesto como obra de vida el no consumir carne, y a costa de proferir insultos públicamente, pretenden aleccionar a otros; craso error.

Pero no debemos caer en la trampa; la aparición de los militantes del relativismo ideológico obedece a dos causas fundamentales, la primera el estado de depresión crónica en que nos mantienen quienes portan lo hilos del poder, ante la promoción de un febril consumismo que no retrocede ante nada. El control mental que los gurús del régimen totalitario global a que aludo, ejercen desde la narrativa visual del miedo, a partir de la retórica de que “los diferentes son los enemigos”, tachando a todo El Islam de terroristas, por ejemplo; o lo que es lo mismo, la polarización como un peligroso lugar común que genera sorprendentes dividendos desde la fabricación y venta de armas a nivel global. No podemos engañarnos, la estética del odio es generada, promovida por quienes trabajan como supra consejeros de las grandes instituciones del capital, cuyas ramificaciones alientan el imperio del narcotráfico, y el jugoso negocio de la especulación a gran escala. Es a partir de esos cuartos de guerra siniestros, que aquellos consejeros trabajan sin descanso para continuar la promoción de nuevas ideologías, las cuales no dejan de ser vulgares modismos, y que pronto, gracias a la escasa capacidad de análisis de muchos, intentarán ser impuestas sin siquiera preguntar si la mayoría estamos o no de acuerdo. Toda imposición ideológica es un acto inaceptable per se, no podemos caer en el chantaje moral de los nuevos fundamentalistas, porten la bandera que porten, si su objeto se basa en la reivindicación a costa de lo que sea por encima del razonamiento, o la libre discusión de las ideas. La lucha contra la represión de las ideas fue duramente librada cuando el oscuro periodo de la inquisición, todas las batallas de independencia en América Latina, la Guerra de Reforma y la Revolución en México, también durante la cacería de brujas contra los intelectuales promovida cuando el macartismo en los Estados Unidos, el peso moral del Mayo Francés o el Movimiento del 68 ante el mundo, sin dejar de mencionar los movimientos armados durante la llamada “guerra sucia” en los 70’s. Luego de esta reflexión cabe preguntarnos: ¿es necesario caer en el juego de quienes buscan que nos refugiemos en el pasado más oscuro? ¿De qué sirvió la lucha? La polarización, armada desde los centros de poder del mundo cobra vidas diariamente. Todos los días hemos escuchado de los jóvenes que alentados por estas ideologías, se suicidan o cometen masacres para reivindicar un enemigo invisible pero certero: el monstruo inconsecuente de la intolerancia. Debemos hoy más que nunca permanecer atentos, contra aquellos que diariamente abonan al triste esfuerzo de que perdamos el último resquicio que nos queda-todavía- de humanos. ¿Hacia dónde caminaremos convertidos en débiles entidades programadas únicamente para decir que sí?