¡Porque yo lo mando! Breve reflexión sobre los mandatos parentales

¡Porque yo lo mando! Breve reflexión sobre los mandatos parentales

date_range20-Dic-2019

¿Y por qué? Preguntan los niños repetidamente cuando empiezan a tomar consciencia sobre su entorno. ¿Por qué el cielo es azul? ¿Por qué no debo acercarme a la estufa? ¿Por qué debo abrigarme, si no siento frío? Cuestionan, porque aún no hay nadie que les coarte ese derecho a curiosear.

Son los padres, abuelos, maestros y otras figuras de “autoridad”, quienes se encargan de ir apagando poco a poco ese deseo intrínseco del niño para cuestionar. Le atribuyo en algunos casos a la pereza de buscar una respuesta adecuada; en otros casos, a la ignorancia absoluta sobre el tema tratado.

Pero, más grave aún si se da una respuesta automática, apegada sólo a la tradición: “Porque siempre ha sido así”. Y es aquí en donde quiero detenerme un poco para contar una historia que escuché hace un tiempo:

Una familia cocinaba cada Navidad un guajolote al cual se le ataban las piernas con un hilo de algodón. Por supuesto, se cocinaba con la receta de la tatarabuela Ernestina. El ritual se había conservado por varias generaciones. La bisabuela enseñó a la abuela y ésta a la madre.

La práctica se replicó con exactitud de generación en generación. Sin embargo, una Nochebuena, cuando la hija se disponía a preparar el tradicional guajolote que la madre le había enseñado a cocinar, le preguntó: ¿Mamá, por qué debemos atar las piernas del guajolote? ¿Existe alguna razón específica?

La madre no supo qué responder, pero recordaron que existían unas cartas y telegramas de la tatarabuela Ernestina. Esa misma noche las leyeron para descubrir un hecho insólito. En uno de los mensajes, la tatarabuela le había escrito a su marido lo siguiente:

Querido Eulalio, los niños y yo te estaremos esperando para Navidad. Como siempre, te cocinaré tu guajolote en mole rojo que tanto te gusta. Este año, tendré que anudar las piernas al animal con hilo de algodón porque el horno de esta casa es muy pequeño y apenas cabe. Por el postre no te preocupes, haré como siempre ese arroz con leche que es tu favorito.

 Te espero con ansias, Ernestina

¿Acaso tuvieron que pasar cinco generaciones para que apenas alguien se preguntara por qué tenían que atarse las piernas del guajolote? ¿Fue casual que a ninguna de las mujeres se le ocurrió que semejante práctica no alteraba en absoluto la receta?

Con cierta tristeza, concluyo que lo más probable es que ni siquiera se lo hayan planteado. Porque es mucho más cómodo “hacer las cosas porque siempre se han hecho así”. En especial si la orden viene de la madre o el padre, nos sentimos casi culpables de poner en tela de juicio lo que ellos nos han enseñado.

Yo misma, tuve una leve discusión con mi madre por hacerle algunos cambios a la receta del caldo de camarón que tradicionalmente se prepara en mi familia con trozos de tocino. Mi gran “atrevimiento” fue prescindir de ese ingrediente como una adaptación más ligera y saludable, pero eso me valió un largo sermón por parte de mi madre, así como un sentimiento de culpa temporal.

Por unos momentos me sentí como si estuviera traicionando a toda la estirpe femenina que me precedía. Luego entonces, me pregunto. Si esto ocurrió con una simple receta de cocina, entonces ¿qué destino le espera a quienes se atreven a transgredir más allá de las tradiciones familiares?

Hablemos de una madre soltera, un divorcio, una pareja que decida no tener hijos, un hombre dedicado al hogar, parejas con diferencia de edad, familias homoparentales, en fin… la lista es larga de todas aquellas figuras que como diría mi abuela “se salen del huacal”.

Si entendemos un mandato familiar, como una especie de ley que impera en toda familia. Una misión que condiciona tácitamente a desenvolverse y ser dentro de un “deber ser” y no a ser lo que realmente “deseamos ser”. La felicidad es en lo último en lo que se piensa.

En estos momentos, es cuando me asaltan pensamientos de rebeldía. Citando a Arthur Schopenhauer cuando define que “La rebeldía es la virtud original del hombre”. Llego entonces a la conclusión de que, rebelarse a los mandatos parentales es entonces nuestra única salvación.

Un grito al mundo que nos defienda de una parte de nosotros mismos. Porque no podemos negar que no estaríamos aquí si no fuera por nuestros padres, como tampoco seríamos quienes somos. Pero, esa otra parte de nosotros debe renunciar a ese molde, romper con él y crear uno nuevo. Yo diría, reinventarlo.

Inevitablemente, esto me hace traer a colación la Teoría del Análisis Transaccional, en donde el psiquiatra, Eric Berne propone un modelo de comportamiento desde tres estados del “yo”. El primero es el estado del “yo niño”, el segundo, el estado del “yo padre” y el tercero, el estado del “yo adulto”.

Siguiendo un brevísimo repaso de su teoría, interpreto que cuando actuamos desde el “yo niño”, la persona sólo actúa en función de la obediencia. Característica que algunos calificarán de cualidad y a la que, por supuesto yo no considero sino una mera forma de condicionamiento.

Cuando se actúa desde el “yo niño” encontramos a la víctima perfecta para seguir los mandatos parentales a rajatabla. Ya que lo más seguro es que la persona confiará totalmente en los consejos, guías y hasta órdenes, bajo la ciega creencia de que “Es por mi bien”. En todo caso: “Tú estás bien, yo estoy mal”.

Supongo que el caso es contrario cuando actuamos desde el “yo padre”, en donde la persona se convierte en el consejero, el guía, el líder. El capitán del barco que nunca duda de cómo y cuándo ajustar las velas. El dueño del timón que no tomará el parecer de la obra que gobierna.

El “yo padre” puede ser asertivo o manipulador, pero en todo caso es capaz de transgredir el bienestar del otro, con tal de que se haga lo que él considera que es lo correcto. Escucho palabras contundentes como: Debes de… en nuestra familia nunca… una mujer decente jamás… lo correcto es…

Los mandatos parentales están plagados de este estado del yo. Mas, me pregunto ¿tenemos la consciencia suficiente para advertirlo? ¿Acaso nos toman siempre por sorpresa? ¿O nos han llegado a edades tan tempranas cuando aún no hemos desarrollado del todo nuestro pensamiento crítico?

¿Tanta fuerza tienen las palabras de una madre o de un padre? Lo que sí es perceptible es ese aire de sabiduría con el que nos quieren moldear: “Tú estás mal, yo estoy bien”. “Porque soy tu madre”. “Porque soy tu padre”. “Porque yo lo digo”. “Porque siempre ha sido así”. Aun si las respuestas no son convincentes.

A veces creo que los padres únicamente replican aquello que aprendieron. Es decir, no siempre logro ver una mala intención en querer imponer esos patrones de conducta, porque es aquello que les es conocido. ¿Podría culparlos por eso? Es probable que, en la mayoría de los casos, no.

Mis esperanzas están por supuesto en el tercer estado, el “yo adulto”. Y es aquí en donde entiendo que radica el verdadero amor. El amor propio, el autorrespeto. Ese lugar en donde doy y recibo, en donde hablo y escucho. En donde quienes me rodean, pueden tener una postura contraria a la mía y, sin embargo, la respetarán.

Me hace recordar aquella frase de Voltaire: “No estoy de acuerdo con lo que dices, pero defenderé con mi vida tu derecho a expresarlo”. Es el estado en donde encuentro un nivel de madurez en las relaciones humanas. Principalmente porque se están ponderando dos aspectos cruciales.

El primero, el derecho a equivocarse. Y el segundo, la búsqueda de la felicidad. Sin duda alguna, por erróneas que sean las decisiones de una persona, supongo que están justificadas si de ellas tomó tazas enteras de aprendizaje con cucharadas de felicidad, real o ficticia. Aquí, yo estoy bien, tú estás bien.

Personalmente siento mucho más respeto por una persona que busca la felicidad, que una que “obedece” a lo que el resto del mundo espera de él o de ella aun a costa de su felicidad. Y aquí surge otra frase que viene muy ad hoc:

“Un verdadero espíritu de rebeldía es aquel que busca la felicidad en la vida”. Henrik Ibsen

Si se ha visto la película: “Como agua para chocolate”, se recordará el personaje de Tita, quien sumisa, acepta el mandato familiar que dicta que ella, por ser la menor de las hermanas, será quien deberá cuidar de la madre. Renunciando a los sueños que tenía al lado de su novio Pedro.

Debo admitir que, en su momento, tal planteamiento me pareció anacrónico. Hasta que conocí un caso cercano en fecha actual. Me pregunto entonces, mientras las familias no se cuestionen sus propias tradiciones, ¿esto seguirá vigente? ¿Hasta cuándo estaremos preparados para poner límites?

¿Lo estaremos algún día? No sé si es que creo o que quiero creer que las personas alcanzaremos cada vez un mayor estado de consciencia. Si la cultura nos ha deteriorado al grado de absorber nuestra libertad, es sólo consecuencia de nuestra propia pereza. Hemos olvidado que somos poseedores de nuestros pensamientos.

Es sólo cuestión de tomar la duda razonable como una bandera de movimiento. Regresar a ser ese niño que pregunta: ¿Y por qué? ¿Quién lo dice? ¿En dónde está escrito? Recordar que no estamos aquí para que la cultura nos influya, sino para influir nosotros en ella.

Si dejamos de usar el pensamiento crítico, por la razón que sea, normalmente por comodidad. Entonces seguiremos transitando por la carretera de los patrones aprendidos. Seguiremos sin cuestionarlos y como consecuencia, nos será muy difícil cambiarlos para nosotros mismos o para abrirle camino a generaciones futuras. Finalizo con una frase del Subcomandante Marcos que me inspira a continuar con un ánimo ligeramente rebelde, en la búsqueda continua por conquistar aquello que todos anhelamos: “La libertad es como la mañana. Hay quienes esperan dormidos a que llegue, pero hay quienes desvelan y caminan la noche para alcanzarla”.

Marliz Moreno Vázquez