A DON JUAN RAMOS; DEFENSOR Y DIFUSOR DEL LENGUAJE Y LA IDIOSINCRASIA DEL RANCHERO SUDCALIFORNIANO

A DON JUAN RAMOS; DEFENSOR Y DIFUSOR DEL LENGUAJE Y LA IDIOSINCRASIA DEL RANCHERO SUDCALIFORNIANO

date_range25-Sep-2021

Por Domingo Valentín Castro Burgoin Presidente de Escritores Sudcalifornianos, A. C.

Juan Ramos, el narrador, el cuenta-cuentos, el rapsoda redivivo, recrea la anécdota y glorifica los protagonistas, sin el ridículo que ofende o la exageración que daña”: Profesor Armando Trasviña Taylor (Intelectual y Diputado Constituyente Sudcaliforniano).

Juan Ramos es un producto de Baja California Sur, tan auténtico como la cuera, y su arraigo tan recio como el del Mogote que se incrusta en la bahía de La Paz”: Doctor José María Muriá (Académico Tapatío, historiador del Occidente de México).

Para predicar el orgullo de ser Sudcaliforniano, primero hay que sentirlo y demostrar con acciones el amor por esta tierra Sudpeninsular, más que la mera expresión. Y no solo es el nacer en estas latitudes, sino aprender del ejemplo, primero familiar y luego de la comunidad a la que se pertenece.

Caso singular es el de Don Juan Ramos Cepeda, quien nació el 20 de diciembre de 1939 en la ahora subdelegación de San Pedro, B. C. S., lugar de donde también son sus padres ya fallecidos: doña María Ignacia Cepeda Suárez, que nació en la emblemática ranchería de Las Playitas, y don Rafael Ramos Orantes, también originario de un rancho cercano a San Pedro.

Casado con la señora  María del Socorro Carrillo González, originaria del poblado de Santa Anita, cercano a San José del Cabo, procrearon cinco hijos: América, Verónica (ya fallecida), Rafael Ignacio, Juan Antonio e Italia Angélica.

Forjado en trabajos de la iniciativa privada, don Juan recorrió con ese motivo laboral primero, y después con actividades culturales, todo el Estado. Sus estudios técnicos los realizó en la Escuela Bancaria y Comercial, entonces en boga para sus iniciales trabajos.  Y son numerosas las actividades que en el ámbito social realizó durante su juventud y madurez: coordinador de damnificados por ciclones, proyectos de charrería y del museo del ranchero, los que más recuerda; y fue sin duda el fundador de los cursos de verano que inició con el apoyo del profesor Francisco Romero Escopinichi, director de la Benemérita Escuela Normal Urbana de La Paz, iniciando con las materias de música para niños y artesanías en cartonería; y que años después se diversificarían en la Casa de la Cultura, de la que también fue su director. Asimismo, fundó talleres literarios para niños en Todos Santos, San Antonio y Los Planes, fiel a su origen y a la certidumbre de incorporarlos desde pequeños  a la lectura y a la creación literaria.

Numerosos son los cargos públicos estatales y municipales que don Juan desempeñó con ahínco y eficacia durante más de treinta años, particularmente en la promoción y administración del quehacer cultural y diversas disciplinas artísticas, en apoyo a la familia y a la comunidad, lo que valió para que fuera postulado en 1989 al premio nacional de Creación y Artes Populares.

Fue invitado a distintos países latinoamericanos, una vez que destacó en la actividad de cuenta-cuentos,  por su anecdotario sudcaliforniano donde el lenguaje del ranchero sudcaliforniano es pieza central, mismo que llevó a  Colombia y Panamá, sin dejar de mencionar las numerosas participaciones en eventos culturales en entidades de la República Mexicana.

Distinguido con el premio nacional a la Oralidad, otorgado por la Asociación Nacional de Narradores Orales; fue consecutivamente reconocido por su desempeño en la cultura por el Décimo Tercero y Décimo Cuarto Ayuntamiento de La Paz;  y en 1993 obtuvo la presea Valores Culturales de Baja California Sur.

Su capacidad narrativa e histriónica no es producto de la espontaneidad, aunque es una habilidad innata en él:  fue subcampeón nacional de oratoria, galardón otorgado por el Ateneo Fuente de Saltillo y declamador destacado desde sus años de educación primaria. Su datos biográficos en forma extensa se encuentran en el Diccionario Sudcaliforniano, monumental obra del maestro Gilberto Ibarra Rivera, para quien desee conocer más sobre su amplia trayectoria cultural.

En un rápido recuento,  nuestro amigo cultivó la declamación, la danza y el ballet clásicos, la oratoria, el teatro, incluyendo su participación en la película La furia asesina rodada en las bellas playas de La Paz y dirigida por  René Cardona Jr., y por supuesto el canto con la Rondalla Azul, donde estuvo presente por cincuenta años como segunda voz, hasta que la pandemia que brotó hace dos años, ha impedido las reuniones  de este emblemático grupo, la mayoría maestros, que han hecho de la música regional un arte inolvidable, pleno de romanticismo, nostalgia y bellos recuerdos, sobre todo de La Paz y de la Sudcalifornia que parece difuminarse en el horizonte pretérito.

Hago un poco de memoria acerca del espacio (la silla) que muy joven, antes de llegar a ser ciudadano, siendo normalista, me gané en la Mesa de Las Playitas, bajo el techo de una ramada en la casa que fue del general Félix Ortega Aguilar, estancia olorosa a tinta y papel periódico, en las calles de Reforma y Revolución.  Ahí vi llegar a don Juan Ramos, ya muy conocido en el ambiente cultural, por supuesto por su pregón vehemente del regionalismo que también ahí se impregnaba con el Eco de California dirigido por don Félix Alberto Ortega Romero, con quien cultivé una fecunda amistad, y por supuesto siempre al lado -destacando- la recia personalidad de doña Teresa, la inolvidable madre del líder de lo que fue el Movimiento de Opinión Pública, conocido como Loreto 70.

Así conocí a don Juan Ramos hace más de cuarenta y cuatro años. Y disfruto de su amistad desde hace más de treinta años, con las intermitencias que da el haber salido a trabajar fuera del Estado y de las actividades que muchas de las veces aíslan físicamente a los amigos.

Tengo la fortuna de que a partir de la entrada del aún nuevo milenio la cotidianeidad se incrementó con don Juan -como siempre con respeto le digo- y poco a poco le he ido conociendo más, y apenas preguntándole, porque no es proclive al autoelogio, me he ido enterando de sus travesías por diversas entidades de la República y algunos países latinoamericanos, donde fue invitado a exponer  su anecdotario, su oralidad, su perspicacia con la cual pinta de cuerpo entero al ranchero sudcaliforniano, ese ser que cautiva más allá de su indumentaria, de su lenguaje de ironía, sabiduría y malicia, y otras elocuentes palabras terminadas en ia y que revisten la personalidad de nuestro ser ranchero; ese ser, heredero de lo agreste de nuestra orografía y reducto de la Sudcalifornidad,  concepto éste, con mayúscula inicial y con negritas para que resalte, que merece reflexión, también defensa y promoción, en las conciencias de miles de sudcalifornianos nacidos al amparo de la atracción del desarrollo del turismo y de los campos de cultivo, de las costas color de madreperla del sur peninsular, y de las otras costas del Golfo de California, de mares bermejos, tornasoles, de infinitas arenas, pedregosas y policromadas, donde la natural geología por mandato divino sembró edenes con un collar de islas, la mayoría de ellas que han resistido tarascones depredadores, y en cuyas covachas, como las de Espíritu Santo, se está descubriendo la prehistoria que yace oculta bajo sepulcros de piedra y salinidad, donde danzan espíritus sobre osamentas de nuestros indígenas que en corrientes migratorias llegaron de algún lugar del mundo, hace más de diez mil años, a diseminarse en hordas nómadas en nuestro bastión peninsular.

A propósito, escribí en negritas la expresión ranchero sudcaliforniano, de quien nos señala el profesor Armando Trasviña Taylor, destacado exponente de esa Sudcalifornidad que señalamos: “Es sólo, inmensamente rico, inmensamente sabio, el retrato lingüístico del más auténtico y autóctono personaje de la parte sur de la península occidental de México: el ranchero sudcaliforniano”.

Después de esta obligada desviación, me regreso con don Juan Ramos, como él me ha hecho regresar a su casa para dialogar y grabar en videos sus recuerdos, sus vivencias, que surgen la mayoría de las veces con facilidad memorística, otras que muestran signos del pedregoso camino de los años y la enfermedad que vienen casi siempre juntas, como los recuerdos de quien ha vivido para servirle a la cultura sudcaliforniana desde su tierna infancia en las inmediaciones de San Pedro.

¡Oh  San Pedro!: puerta de entrada a La Paz, si llegamos de Los Cabos; y puerta de salida  si de la capital del Estado vamos al Triunfo a mano derecha y a Todos Santos, a mano izquierda; vía larga la primera, porque largos son los recuerdos que te embargan y que conectan con los pueblos históricos entre La Paz y Los Cabos, San Antonio, San Bartolo, Los Barriles, Buenavista, Las Cuevas, La Ribera, Santiago, Miraflores, Caduaño, Santa Anita, San Bernabé y San José Viejo;  vía corta, si el pasar por Todos Santos, te hace recordar a vuelo de pájaro a Néstor Agúndez Martínez, laureado poeta, y a revolucionarias como Dionisia Villarino, por Pescadero, Elías Calles, Migriño,  y por Cabo San Lucas, sin demérito del recuerdo del prócer de la Reforma y defensor de este suelo contra la Intervención Francesa, el valiente Ildefonso Green Ceseña, y llegar a San José del Cabo, para recordar con nostalgia el sacrificio de José Antonio Mijares, abatido por el enemigo invasor en 1847, o al padre de la historiografía peninsular Pablo L. Martínez.

Esta historia que don Juan -quien educó a niños, después de egresar del Instituto Federal de Capacitación del Magisterio- se sabe muy bien, y que le inspiró hasta encontrar la similitud de que estos héroes sudcalifornianos -más otros, porque es larga la lista- defendieron la soberanía y  expusieron su vida, ante el poderío militar de los agresores ávidos de territorio para sus imperialistas fines, empuñando armas, machetes y lo que pudieron, pero que ahora en la época más contemporánea a él,  y a nosotros, como territorio de conciencias se debe defender con la cultura escrita, hablada, leída, exaltada,  pronunciada, expuesta como en los murales recientes de Ulises Martínez;  defender la cultura de la sudcalifornidad es defender la cultura de la preservación, desde nuestro mar patrimonial, de las montañas, la Giganta, la Laguna, las Tres Vírgenes, Guadalupe, San Francisquito,  hasta las piedras de los arroyos que el agua de las lluvias bañaba y acariciaba hasta en los chubascos, pero que han sido arrolladas por la industria que cercena el paisaje para adornar arquitecturas para huéspedes.

El doctor José María Muriá, destacado historiador tapatío, amigo de don Juan Ramos, en el artículo “Un cuenta-cuentos sudcaliforniano”  publicado el 14 de abril de 1990, en el periódico Unomásuno -entonces de circulación nacional y hace ya varios años desaparecido-, señaló que Juan Ramos está aún más integrado al paisaje de su tierra que la afrodisíaca damiana;  agregando que Juan Ramos  es un producto de Baja California Sur, tan auténtico como la cuera, y su arraigo tan recio como el del Mogote que se incrusta en la bahía de La Paz.

Lo anterior fue a raíz de la grabación que la empresa EMI realizó de un disco LP, titulado Anecdotario Sudcaliforniano con Juan Ramos, como un producto culminante de la investigación del lenguaje del ranchero sudcaliforniano, al que don Juan Ramos ha venido emulando con maestría, utilizando una de las formas de transmitir mediante el singular mimetismo del habla popular de hombres y mujeres de la sierra, aquellos que han construido singulares viviendas y corrales, modestos espacios con materiales de la región, que se confunden con paraísos,  cerca de cañadas, de planicies pedregosas, o de valles de choyas y pitahayas -iba a escribir cactáceas– donde la convivencia con la flora y fauna endémicas provoca un pacto de sobrevivencia que ha provocado la inspiración de textos emblemáticos como Los Últimos Californios, que pintan de cuerpo entero a los descendientes de mestizos e indígenas cuyas rancherías y pueblos surgieron inmediatamente después de la fundación de las misiones jesuitas, y que constituidos en defensores de la soberanía de la península en las etapas de invasiones militares y filibusterismos por las que ha pasado nuestra evolución histórica, hoy por hoy, son como decíamos al inicio, reductos y defensores de la Sudcalifornidad, así con esa tonalidad de letras y significados.

Luego entonces, no es exagerado decir, que el legado que está dejando don Juan Ramos, debe ser perpetuado por nosotros mismos, los  sudcalifornianos que somos y nos sentimos como tales.  Cito al profesor Armando Trasviña Taylor, cuando reseñó magistralmente la narrativa oral del autor del Anecdotario Sudcaliforniano: “El no denigra al ranchero porque sería denigrarse a sí mismo. La anécdota  que transmite es caso ocurrido, experiencia vívida y vivida, exaltación o asombro de las virtudes hospedadas en la casa de la soledad donde vive, en el aposento de la distancia, en el recinto del cactus y del sol, en el laboratorio de la terquedad y del coraje…..

Un día don Juan me dijo: “Cuando mis hijos van a verme porque tienen algún problema, por menor o grave que sea, yo les digo: déjame platicarte unas nuevas anécdotas que me dijeron de tal o cual cosa.  Y me pongo a contarlas y a hacerlos reír.  Después de un rato, el problema ya no era tal, y felices y contentos se despedían”.

Varias veces lo invité, en diversas ocasiones y en dos o tres cargos públicos que tuve a nivel estatal para que me acompañara en el recorrido. Y efectivamente, de La Paz a Santa Rosalía, a Guerrero Negro, a Cabo San Lucas y a San José del Cabo, las horas pasaban sin darse uno cuenta, pues la anécdota, el chascarrillo y hasta el chismorreo se hacían presentes. Risas, recuerdos, información que no sabía de tal o cual personaje de nuestra historia cercana, de personajes o sucesos políticos y sociales, todo lo cual, manejado con el lenguaje, la ironía, la sabiduría y la conseja popular, sigue emanando de este amigo singular, de mediana estatura y de corazón grande, de rostro y piel morena y  de buena memoria, que a la menor provocación recuerda  aspectos cotidianos o incisivos de quienes le han aportado a lo que  se ha venido denominando la cultura de la sudcalifornidad.

Uno de los más cercanos encuentros con él fue hace unos días:  semanalmente, tres sábados consecutivos, fui por su tesoro bibliográfico que me donó para un proyecto de biblioteca pública que vengo acariciando.  Uno por uno veía  los libros y de mano en mano me los pasaba para depositarlos en una caja de archivo, y me daba una referencia, un recuerdo.  Y lo veía melancólico y hasta triste por la despedida que significaba dejar ir su acervo, sus libros de toda la vida, con los que el amor a la historia peninsular, a la literatura nacional  y universal, se fue sembrando en él  por varias décadas, como quien siembra la tierra y la abona con tantos títulos, historiadores, filósofos, literatos.  Y yo con tanta felicidad, pero entendiendo lo que él sintió, cuando con el último libro desempolvado se cerró la última caja.  Y mi gratitud, mi abrazo fraternal, cayó sobre su espalda, y vi sus ojos enrojecidos, que no querían vencerse a la tristeza. Y me vi, como en un espejo, el espejo de su rostro, que lo mismo sentía, porque  regalar centenares de libros, no es cualquier cosa, aunque tengas la certeza de que van a un lugar adecuado, pero que como todo desprendimiento, todo apego y su ruptura, causa dolor, provoca llanto.  Así fue aquel sábado que después de agradecerle en el alma ese gesto, me despedí de él, y la puerta de su estancia se cerró, pero solo por un breve tiempo, porque como dijo el extinto doctor Raúl  Carrillo Silva: “Estamos tan lejos como un telefonazo”;  cuando en aquella época el teléfono era lo más adelantado en las comunicaciones.

Así, la fraternidad y la gratitud están con don Juan Ramos, con quien ha cruzado la península sintiendo el polvo del camino, dejando su huella en los senderos de las serranías para llegar a los ranchos, apearse del caballo de cuatro patas o de cuatro llantas,  saborear una taza de café de talega, paladear las tortillas de harina, con machaca, frijol y queso; sentarte en la cama de lías, llevar la plática sobre las vicisitudes de la sequía, para deleitarse con un humeante té de damiana en las frías madrugadas, o un vaso de leche de chiva en los desayunos;  o  abrir los ojos en las oscuras noches buscando señales del universo,   solamente interrumpidas por el infinito titilar de las estrellas, escuchando a los grillos tocar el violín o a una trasnochada chicharra en épocas de lluvias. Otra vez: ¡Oh, ansiada lluvia!: plegaria del ranchero, vistes de verdes ropajes el monte gris ante el menor esfuerzo y renuevas la esperanza para seguir al pie de la sierra, al pie del rancho, entre los corrales de horcones y las casas de vara, emplastadas y con techos de palma y de carrizo.

Por eso, sin exagerar, hablar de Juan Ramos es recordar a (mi) nuestra  familia, la mayoría rancheros, muchos de ellos que al irse físicamente, se han quedado en los recuerdos del corazón, en los microscópicos surcos de la memoria. Para no irse sino hasta que el tiempo nos toque.

Cierro este homenaje sencillo y más que merecido, como cerró la presentación del LP del Anecdotario Sudcaliforniano  en 1990 el distinguido maestro don Armando Trasviña Taylor, definiendo a don Juan Ramos: “………él no está inventando la anécdota, él forma parte……él es la anécdota.