EL HOMBRE DE LA CAFETERÍA

EL HOMBRE DE LA CAFETERÍA

date_range09-Dic-2019

Desde un rincón de la cafetería, Maximiliano, “Max”, para sus amigos, ve desfilar la vida, los tiempos, los seres, los acontecimientos. Hace muchos años que la frecuenta religiosamente, entre las 8 y 11 de la mañana, todos los días, de lunes a domingo, con lluvia o con sol, con tormentas o sin ellas, en verano o en invierno, en otoño o en primavera.

La cafetería fue desde tiempo atrás el punto de encuentro y reunión de sus amigos y colegas, en ese mismo rincón, donde compartieron y celebraron la vida, momentos gratos e ingratos, alegrías y esperanzas, tristezas y dolor, felicitaciones y condolencias, noticias y comentarios, relatos y poemas, canciones y libros, triunfos y derrotas, y tantas, pero tantas y tantas cosas que sería imposible enumerar. Era un grupo unido, amable, solidario,
tolerante, de hombres y mujeres que vibraban a través de sus palabras, sus risas, entusiasmos, proyectos, chistes y canciones. De vez en cuando, uno de ellos traía una guitarra y todos cantaban, le cantaban a la vida que se les ofrecía amable y generosa en medio de las naturales dificultades y problemas de cada quien, pero disfrutaban de tan maravillosos momentos como ninguno.

Un día todo comenzó a cambiar, mientras afuera, en las calles y plazas, masas delirantes amenazaban con instaurar un nuevo orden de cosas y ponerle fin a lo que habían conocido como realidad, el fantasma de la división, el fanatismo, la irracionalidad, la ausencia de lógica, comenzó su siniestra obra asolando de punta a punta la sociedad y el país el cual se
había apoderado; de esa forma, todo comenzó a cambiar dramáticamente, los amigos dejaron de serlo, los escenarios se delimitaron; en suma, ya no había amigos sino aliados o enemigos, como los nubarrones de un huracán que destruye todo lo que encuentra a su paso; sin embargo, el grupo de la cafetería se propuso a no dejarse llevar por la corriente destructora.

Al principio, junto con el grupo, “Max” sostuvo la tesis de que lo que ocurría sería pasajero y que luego regresarían a tomar posesión de la sociedad la paz, la armonía, el respeto y la tolerancia. Todo, aseguraba, volvería a ser como antes…Y trataba de no alarmarlos:
“Tranquilos, esto es pasajero, ya veremos que el agua volverá a su cauce…” No ocurrió así sino todo lo contrario. Los rostros amables se transformaron en hostiles, el grito sustituyó a la palabra, la agresión a la decencia… el mundo de “Max” y su grupo de la cafetería era una isla rodeada por un embravecido mar, vale asegurar que se había transformado en un lugar invivible. Los más fanáticos y desconfiados que igualmente frecuentaban la cafetería, comenzaron a ver ceñudamente y con no menos espíritu de sospecha, las reuniones del grupo de la cafetería, se les antojaba que allí se conspiraba en contra del nuevo estado de cosas emergente, en el cual ahora se dictaban nuevas formas de relación con los amigos y los enemigos.

Luego, en la medida que los acontecimientos se aceleraban, el grupo comenzó a hacerse más chico y menos frecuentado. Primero, quizá por temor o quien sabe por qué razón, algunos de sus miembros ya no fueron más a las reuniones. En el fondo no querían que se les identificara con un grupo sujeto a la sospecha, la maledicencia; otros, los menos, bajaban la voz y veían a su alrededor, cuando hablaban de temas que se percibían como peligrosos.

La fractura y la dispersión del grupo finalmente se consumó. Las despedidas se multiplicaron, sus miembros partían hacia otras tierras, las lágrimas, los buenos deseos, los adioses acompañaban cada reunión. “Max”, definitivamente, quedó solo. Pero decidió no replegarse a su hogar donde también lo esperaba la soledad, su esposa había fallecido, sus hijos y nietos habían tomado el camino de millones de compatriotas que ahora dispersos
por el mundo estaban reconstruyendo sus vidas. “Max” desechó todas las ofertas que le hicieron sus hijos en el sentido de dejar todo aquello y acompañarles en sus nuevos destinos. “No, señor, esto va a cambiar, no me voy, no voy a dejar lo que tanto esfuerzo y sudor me costó a lo largo de la vida. Yo puedo resistir a todo esto, seguro que sí. Nunca me he acobardado por nada. En mi vida he luchado y por qué no puedo seguir haciéndolo…”Y
seguía cavilando sobre el destino de su existencia…

Tercamente, en el silencio de una casa que ya marcaba síntomas de un continuo deterioro, como tan deteriorada estaba la sociedad en la que se había anclado, montaba diálogos imaginarios con seres amados, ya ausentes. Desde los retratos le miraban en silencio, pero no le respondían. Así cada noche traía nuevos días, iguales, cada vez más rutinarios, más
anodinos, de ello era consciente “Max”, pero se mantenía firme en sus convicciones.

Cada Navidad, en el silencio de su añeja casa, armaba un viejo árbol artificial, con muchos años de existencia, desde aquel diciembre cuando su esposa y sus hijos que eran unos niños, le animaron a comprarlo en aquella tienda por departamentos que era tan grande, surtida y hermosa, desaparecida por la situación que asoló a su país. Aun los adornos se
veían presentables, las luces eran muy pocas pero algo alumbraban, luego se sentaba en la desvencijada sala a contemplar, como lo hizo por tantos años, su obra de cada fin de año.

Así, todos los días acudía a la misma hora a la cafetería, de 8 a 11 de la mañana. Con la miraba clavada en la puerta del negocio esperaba la llegada de sus amigos y colegas que nunca llegaban. Así, pasó un año, luego dos, tres, cuatro, cinco, seis, muchos… “Max” envejeció, sus pasos se hacían cada vez más lentos, pero seguía ocupando el mismo rincón en la cafetería. Las amistades se fueron espaciando, ya no tenía contacto con ninguno de los
que se fueron, pero seguía firme en su esperanza: algún día regresarán…

Una mañana, en la que se sentía más cansado y agobiado como nunca, emprendió su acostumbrado camino hacia la cafetería. Caminaba lentamente, sentía que su desolación le arropaba hasta casi aniquilarlo. Ya no le importaba nada, absolutamente nada, solo quería reunirse con sus amigos lejanos. Deseaba verlos, compartir la vida con ellos. Sentía que sus
esperanzas iniciales se transformaron en un imposible… Llegó puntualmente a las 8 de una mañana gris y lluviosa, pidió su acostumbrado café, le puso algo de azúcar, observó la taza, vieja, descolorida, como el país, la vida, la sociedad que le habían arrebatado. Pasaron unos minutos y para su sorpresa el escenario de la cafetería había cambiado, era tal y como lo
había conocido cuando en ella se reunía con sus amigos, había alegría, luz,
entusiasmo…Fijó su mirada en la puerta de entrada, se acercaba un grupo de personas cuyas voces reconoció de inmediato, se levantó de la mesa, exclamó: “¡Amigos, amigos del alma aquí estoy, los estaba esperando!” y luego se sentó para recibirlos y compartir la vida con ellos.

A las 11 de la mañana, una camarera pasó a su lado y pensó que Max se había quedado dormido, le dijo con voz nerviosa: “Señor Max, le pasa algo, se ha quedado dormido…Señor Max, señor Max…Vengan, por favor, el señor Max no se ve bien…”
“Max” ya no estaba allí, ahora disfrutaba con sus amigos de una deliciosa reunión, como las de otros tiempos, en otra cafetería y en otra dimensión donde por siempre habría de saborear un humeante y cremoso café. Volverían la música, los poemas, las risas, el compartir humano, los afectos… La espera había terminado para “Max”.

Diego Ramón Márquez Castro