Madre de mi guarda

Madre de mi guarda

date_range13-Dic-2019

I
Hay en el teléfono un monólogo de prisas.
Escucho una voz como lejana.
Como agua caediza por las ranuras del tejado.
Allá, la hoz cercena cuanto callo.
Silencios. Sollozos. Bendiciones.
La memoria se estrella cotidiana.
Algo dice de la sangre que corre en el pasillo.
Que estalla y pide y ríe y cambia los canales de la tele.
Se entusiasma con sus nietos al oírlos.
Atrás quedan las transfiguraciones del día.
Los recuerdos. Los fantasmas. Navidades. Años nuevos.
Las ventanas pletóricas de ojos inculpables.
Es tan fácil olvidar a los caídos en guerra.
A los que ya no hoyan las hojas este otoño.
Al padre ocurrente que fue nuestro poeta guía.
Su rezo ayuda a escapar tantito al marido que todo lo sabe desde
el cielo.
Desde las nubes de un eterno solsticio.
Ella vigila concisamente se cumplan las leyes de la fe. De las
creencias.
Habla entonces de repulsas, agradecimientos y lecciones
que nos ajustan la desidia y los confines de los dientes.
Sobre la mesa se ciñe artificiosa la meta del dolor.
Mi Madre, convertida a fuerza en inmigrante,
descubrió la sequedad de la carretera hace diez años.
Hay en el teléfono un monólogo de prisas y de adioses y te
quieros que atragantan y que asfixian.

II
«Cállate los ojos. Levántate. Desanda la
mañana, pregunta: a dónde fueron todos. No
dejes nada comenzado, sublima a la espada en
la piedra. Eres pobre hombre, arráncate los
ojos reiteradamente, ronda y vuelve a
empezar tu oficio: parte. Hacia ningún lado,
pero parte.»

[8]

III
Una flor despepitada es la memoria.
Recuerdo a un amigo y un carrito de remolque
y caminitos en la tierra con las manos
en las mañanas frías de febrero —cosas
importantes para un hombre—. Pido tiempo y retrocedo:
busco piedras y cachoras para jugar a los tiranos.
Mis ideas se hacen gelatina, no literatura
ni reparos. Las ganas se componen
de gusanos. Y de baba de pericoperro.
La vecina, una vieja amorosa y colorada
pone huevos varias veces al día
—ambarinos—. Los contempla
de veras, orgullosa de su estirpe. Es una hormiga
torva y diva, apenas frunce el ceño, floreado
muy floreado. Y ni se inmuta.

IV
Siempre fui el más pediche.
Y el más comodón de mis hermanos.
El más adormilado pueblerino.
El muchacho más socrático, espontáneo.
Qué decir. Yo no sé de riquezas
ni de afanes ni si quiera de darme a entender
con tortuosas oratorias o exilios.
Mas nunca me propuse ser nadie.
Llegar a cumbre alguna. De habitar la poesía.
Si acaso me incorporé a la espantosa realidad
fue por el hecho de intentar confundir las soledades
la palabra, el desequilibrio horrendo del poeta
que nace a veces entre uno de nosotros.
El consejo fue abstraerse
no fumar como chacuaca emponzoñada
decantar ovillos
pisar alfombras huizapoles rumbo al campo
caminar enamorado hasta el atardecer
de cada paso. Y de cada día.

V
Soy el hijo más egoísta del barrio.
Me fui a la calle al cumplir catorce.
Elegí despertar antes que morir en el intento.
Camino en regresiones, sonámbulo y confeso
desde el fondo de mil noches anfitrionas.
Voy doliente, de hinojos, quebrantado.
Quiero confesar que ando desierto entre desconocidos,
que la voz corriente de los porqués me inicia a solas contra el
mundo,
que mis destierros caracoles van subiendo como yedras
a tientas por mi humanidad quemante escurridiza morena.
No uso más argucia que el pasaporte del silencio.
El oleaje de la juventud se escapa quejumbroso de mis playas.
Reconozco que fui un morro torpe y descuidado,
tan eficaz con la pelota que ahora mis rodillas
se quedan abstraídas, descifrando el enigma de la vida
todavía ilusionadas por abandonar la mina de las tristuras.
Los eucaliptos conocen mi hambriento secreto.
El hechizo de lo que fui a buscar viene por mí, me vence,
qué ironía, de un zarpazo, poseído por la duda.
La familia, carne de mi carne, camina presintiendo
que estoy salado y que sólo regresé a explicarles
lo que es ver morir a Dios en tierra de osos
con lágrimas viciadas
tras mi elegante traje de oficina encaramada en las estrellas,
porque me chingué la mercancía
de mi palomilla, «Los Calambres»
y no hay manera filial de procesar mis actos de rapiña
más que con miradas infinitas y preguntas.
Estoy dando tumbos bajo el aguacero de los desastres
con el rostro de «me voy a morir», desconsolado.
Mi Madre, que es de mármol y azul nocturno, abre la puerta,
me recibe embadurnándome un abrazo formal, que me disculpa.
Qué vergüenza.
¡Soy el hijo más egoísta del barrio!

VI
A veces es imposible ser un cordero,
cuidar la palabra vertida
y hacerle reverencia a los faltos de gracia;
alegar talento en cautiverio;
aplaudir a creadores pervertidos.
¡Ya me harté de los poemas!
¡De la duquesa de Job
y de estas líneas! Estoy harto de seguirme
de dolerme, de serme, de ser Yo Poeta por todas partes
desde otra perspectiva. De este vacío creativo que me invade,
de esta obsesión boba que alardea jaladas
con que —descarado— uso temas y consejos
en la orfandad más humillante de los nómadas bastardos.
Erigiré un muro vecinal con tanta soberbia acumulada en la
vejiga.
Seré otro, más esposo más espiga más directo
más dueño de la palabra picardía.
Seré el insecto que se reconoce en su envoltura
secundado por talleristas improvisos y secuaces,
el nigromante que esculca largamente en sus entrañas
al burócrata mediocre, al poeta abstemio, nihilista y vagamundos
como un depredador perfecto que no conoce la gula
tristeza, amor, melancolía, sólo de nubes
suspendidas fuera de su alcance.

Me iré en ascuas con esta grandeza intangible, redonda
sobre el lomo fiel de las distancias
hacia la luz de un cuerpo breve que dormita
y contiene el misterio de los hielos en sus labios epicúreos
para gloria de este juglar desconocido
que espera en diciembre
lo tundan con abrazos

VII
Es dura la vida, pero más quien la soporta.
La tarde huele a nixtamal y a frijoles de la olla.
No sé cómo los agentes de tránsito
aguantan tanto el hambre en los cruceros:
los van quebrando a cuenta gotas los espasmos.
Toca el verde. Nosotros
seguimos.

Ella me dijo un día
«No te preocupes de nada.
Sé curioso.»
Afuera la lluvia huracanada
azotaba el taxi de mi padre.
Yo, palabra en mano,
quebré con tirapompas el vidrio delantero
que le servía a él para bucear perlas y traer poesías
a la mesa. Supe entonces
del insomne andar de los viajeros.
Del soliloquio de las gotas sobre la lámina
de la cocina —sus huellas inauditas—
donde principió el verdadero sentido de la vida
y de cada paso. Y de cada día.

VIII

Después de todo
tengo mal tino para hacer que mi arte
los deje boquiabiertos
o haga que el lector se sienta igualmente inútil que
divino
declamador fiel de versitos que al rato
se le olviden.

[18]

IX
Mi caballo de hierro se ha cansado,
es una pila de chatarra ahora
en un depósito pinche del alma
adonde he venido a escribir
dos o tres o siete veces
con fervorosa pasión.
He amanecido crudo y estúpido y más flaco
que un diccionario o un modelo de calzones
en casa de No Sé Quién.
Me he dejado conducir hasta la sala de estar
por el resto de dos compas hechos tiras
que no paran de reír.
Veo su renegrida y tranquila imperfección,
el aquelarre de aguados, palimpsestos, afónicos,
discutiendo codiciosos el tiempo perdido de Dios
la región austral de lo sublime adonde vine a quedar
varado justo en medio del sillón.
Regurgito peces de oro sobre un librero

.

[19]

X
Los que antes nombraba tienen nombre:
son artesanos —chacas— del dolor ajeno;
son estatuas corruptibles, son buitres carniceros
son estrofas, presagios, brazaletes, garrafones
fabulaciones rebosantes de next post,
el margen de toda pitonisa que pregunta
para qué tanto curador.
La novedad en ésta, tu casa, Madre,
es que todo festejamos
en la hoguera.

XI
Recientemente te has vuelto el columpio de tus nietos.
Te permites la sinceridad a rajatabla de tu humanidad siempre
para acogerlos en tu seno protector, mudo cálido tranquilo
de noche intrusa que asciende azul oscuro en lontananza.
Te benefician los eternos años que no pasan para otros,
Madre del fuego, de las piedras, de los corazones abarrotes,
de los santos domésticos
de los templarios contradictorios, del silencio voraz que nos
transita,
de las abundantes plantas de tu patio verde
de tu casa que se quedó errática en el tiempo
porque no pudo soportar tanta maldita caliente dolorosa
crepúscula tristeza
los pasos imprecisos, la premonición de la muerte
que por envidia mal que bien nos merodea desde entonces
en ausencia del Todopoderoso del que huyes
para llorar a ratos entre tus rosales que amas tanto.
Qué puedo decir. Tienes condición de ángel ignoto
de laceración inquebrantable en continuo movimiento
de la sala a la cocina al cuarto tendederos platos sucios o al baño
en momentos duros de la vida
y de tus hijos.

Te siento agua que corre
con voluntad propia y se aparta
en la tristeza de la desesperación
como un cuerpo solitario que flota tembloroso
e incendia las sombras las flores los amorcitos al pie de la
ventana
y tu senil nostalgia.

XII
Están los que deben estar en esa última foto.
Nada nos detiene. Las experiencias hacen su frente.
Nuevas imágenes redimen las averías del naufragio
del que has salido a flote desde el fondo pantanoso
de esta charca mezquina que es la vida
con la pulpa de los huesos a flor de piel, oxigenada.
Resurges, a pesar de todo,
a través de un algodón florido en pleno estío
como simple homenaje del Creador del Universo
y sus libros espontáneos
y su mirada furtiva
y su pasar inerme
y su sol de siglos
y su palabra errante,
Madre de mi Guarda
y de mis devociones.

XIII
Te sientes viejo porque te sufre la ciática.
Porque ya no sigues el ritmo de tu crío.
De tu música atrapada en los noventas.
Fija en las páginas del fin del mundo.
Piensas silenciosamente en el fulgor dorado
que es ser de nuevo jovenzuelo.
Necio. La alegría era distinta al ritual de estar ahora
sentado lee y lee, con el tacto los zapatos los
muebles el cepillo.
Entonces te contraes, en vano, lastimero.
Tecleas, exaltado.
La historia a los cuarenta es más un equivocarse.
Una pausa al calendario.
A los parientes que por monotonía ya no buscas.
Estoy aquí, lejano, enfermo, luz, infante, inalcanzado.
He querido ponerme en tus zapatos varias veces.
Pero me tardo poemas que duelen y que sangran.
He intentado andar lo desandado.
El hombre que sabe llorar, que soy, se amodorra en tus orígenes
humildes, en perfecta posición fetal.
Se nutre de ti y recomienza
a escribir poesía.

[25]

XIV
Mi niño, un hombrecito delgado
me llega al corazón perfectamente.
Para él he construido
un nuevo testamento
y un avioncito ligero
un barquito ilustre
y un poema para lea en quince años,
pero él prefiere los domingos en mis hombros
las galletas y castillos
y sus amiguitos de la estancia.
Sueña apagar incendios
y pasarse los altos
por socorrer a un gatito en peligro
en lo alto de un árbol
solitario.
Su amor florece
entre las líneas de mis manos
como semilla en algodón
dentro de mí como en un frasco
transparente.
Verlo crecer, al sol, engalanado
el corazón me enternece me dispara me enloquece
el estar vivo y azulado.
Lo llamé plegaria, grito al cielo, llamarada.
Hay un hombre de nieve
—de agua y frutos combinados—
que lo esculpe a cada instante:
soy yo soy letras sus dibujos una pausa el eco
el aire la memoria soy todo y nada dos en
uno y música y racimos de palabras el gran
padre piel de pollo que escatima piensa en
espirales la poesía y se retracta de lecturas que
reinventan estos tiempos el lenguaje.
Tiene el rostro limpio de su madre, por fortuna
y el oleaje inquieto del abuelo
que la lluvia acumula en su traspatio
de manera muy graciosa. Ha llegado a mis días
porque así se lo pedí a Dios
un día como hoy hace seis siglos
para versificar por él un mundo
plagado de cariño, de trovas y esperanza.

XV
Me he hecho el valiente muchas veces
entre sueños afiebrados, alguna madrugada
a fuerza de creer de la noche las ausencias
en la quietud mordaz de mis adentros,

que si vivieras conmigo, como antes, con nosotros, Padre
tu palabra imaginaria, tus himnos antiguos,
con toda tu familia que te lee y que escucha tus corridos
favoritos
con idéntica zozobra
como si aquí estuvieras de nuevo soportando el viento
en estos versos también para mí desconocidos,
todos los hubieras los nuncas los jamases
serían inabarcables
para pedir disculpa a Dios por insolente
y decir te amo me haces falta no te vayas
con la vergüenza copada en la garganta
y un miserable lo siento
entre los dedos tartamudos
pero sólo existe un mundo
y es éste, el de los vivos
uno funesto, bandido, cicatero
donde no estamos de acuerdo todavía
con la savia, las tormentas ni las lluvias
aunque el dolor sea el mismo, igual de endeble
para ti, para mí y nuestra sangre
y la pérdida sólo tuya
y la razón velada
y la alegría extraña
y la muerte inquina
y la poesía ajena.


XVI
Un buen día
dejo el luto,
Madre mía,
y alzo el vuelo.

XVII

Hay en esta palabrería de borracho un
corro de prisas y de adioses y te quieros que
atragantan que moquean y que asfixian.

Juan Pablo Rochín