Odile

Odile

date_range20-Dic-2019

Una furia que brava se asoma, desesperada se acerca, con su cabellera blanca, despeinada; tornándose poco a poco en un tono oscuro lejano. Viene pisando fuerte, con sus piernas locas que bailan cruelmente y sin compasión, como insultando una letra más del alfabeto.

Recorre por encima de esos mares que se juntan enamorados entre sí, danzando frenético sobre ellos. Venenoso: agitando los vientos en su soledad. Girando, seguro de sí mismo, como asechando lo que mira. Golpea esa tierra que ni siquiera sabe qué hacer.

La velocidad se marca y los noticieros anuncian: “Odile toca tierra”. La fuerza del vendaval alimenta sus ropajes de algodón. Un giro embravecido de un bailarín que impulsa y azota sobre esa tierra. Inerte península que lo ve llegar y se agacha, nadie encuentra un lugar donde esconderse. Niños, adultos, meseras, cocineros, taxistas y camareras.

Su necedad no tiene piedad, golpea con la fuerza de sus brazos descontrolados en el frenético baile, guardando el eco de la madrugada. Cristales, palmeras, techos y postes de energía eléctrica se esfuman. Quien lo recuerde lo hará toda su vida.

Esa pasión suya por destruir es como montar en el lomo de un tigre, dentro de su oscuro ojo. Su cabellera con un color ya ajeno: falsa calma, pausa y de nuevo gira; su descontrol sube de tono y su danza alucina, furia húmeda que acerca el agua de sus lágrimas ansiosas.

Cuánta gente levantando sus cruces se aleja entre el lodo cálido; nadie sabe, no lo dicen, pero las casas están derribadas y la comida se ausenta, la precipitada multitud entra en pánico cuando la luz del aferrado sol intenta asomarse y todo ha pasado. Ya no hay cristales y los techos no resucitan. Algunos extranjeros piden clemencia, mientras que los niños tienen hambre y sed.

No hay refugio alguno donde no se sienta temor al nombre Odile: el danzante frenético que ha dejado huella en los puentes rurales, carreteras, los desiertos y montes que repiten su nombre sobre verdes hojas y cansados troncos.

La multitud asustada, derrotada, sin fuerzas, baja la mirada; luego se levanta, revive y valora su existencia. 

Nora Soto