Un santo milagroso

Un santo milagroso

date_range17-Oct-2020

Leonardo Reyes Silva

El sábado hicimos una visita rápida a Cabo San Lucas, con el fin de recoger los  auxiliares auditivos que tres semanas antes había comprado en la tienda departamental Costco. Me acompañaron mis hijas Ana María, Sandra Luz y Martha Patricia y mi yerno Ramón que fue el chofer designado.

            La permanencia en Costco no fue tan breve dado que la doctora encargada del consultorio me sometió a varias pruebas de sonido con el fin de graduar mis auxiliares y probar su efectividad. Este examen duró más de una hora, por lo que la familia aprovechó el tiempo para adquirir varios productos.  Me llamó la atención el gran número de visitantes, aunque todos protegidos con cubre bocas, incluyendo los turistas extranjeros.

            Al final del examen, me recomendaron que volviera dentro de quince días llevando los datos del comportamiento de los auxiliares y corregirlos  en caso de algunos defectos durante su uso. Así es que, salí de la tienda muy orondo luciendo en las orejas los aparatos que resolverán mi sordera. Aunque no escuchar bien tiene sus ventajas, sobre todo cuando alguien nos habla por teléfono a fin de cobrarnos un préstamo. Es cómodo decirle. “Lo siento pero no te oigo”. Y como saben que soy sordo no me insisten. O cuando alguien se extralimita en la discusión, aplicar el dicho “a palabras necias oído de cantinero”

            Al regreso a La Paz nos detuvimos a un lado de la carretera, en el kilómetro 70, donde se encuentra una capilla levantada en recuerdo de San Judas Tadeo, (San Juditas) en la que mi hija Sandra Luz depositó un ramo de rosas rojas y una veladora. No la conocía, pero me llamó la atención las numerosas velas colocadas en el piso y las ofrendas que rodeaban al santo.

            No sé por qué, pero de pronto recordé una visita que hice al pueblo indígena de San Juan Chamula, en el estado de Chiapas. Fue con motivo de la Reunión Nacional de Archivos celebrado en San Cristóbal Las Casas, en el mes de noviembre de 1993, dos meses antes por cierto del levantamiento armado del Ejército Zapatista de Liberación Nacional.

            Como el pueblo Chamula se localiza a unos 15 kilómetros de San Cristóbal, nos dimos tiempo Jesús, el director del Archivo General del Estado y yo, en ese año director del Archivo Histórico “Pablo L. Martínez”,  para visitar la iglesia de ese lugar, uno de los templos más extraños de México. Después de pagar el derecho de entrar en su interior, lo primero que vimos fueron cientos de veladoras en el piso alfombrado con ramas de pino, y al frente un grupo de mujeres indígenas rezando. Como la luz provenía de las veladoras, el ambiente semioscuro y el olor de la cera nos impactaron y no permitieron llegar cerca de San Juan Bautista, el santo que se venera en esa iglesia. Así es que nos persignamos y nos retiramos de ese santuario.

            San Judas Tadeo formó parte de los apóstoles que acompañaron a Jesús y estuvo presente en la última cena. Durante muchos años no fue reconocido pues lo confundían con Judas Iscariote quien traicionó a Jesús originando su  crucifixión, pero fueron los jesuitas quienes revaloraron su presencia en el santoral cristiano. Ahora, considerado el santo de las causas difíciles y desesperadas, su festividad se realiza el 28 de octubre.

            Cuando visitamos su capilla el pasado sábado, también recordé que mi esposa tenía devoción por ese santo y en el respaldo de nuestra recámara tenía su imagen. Al preguntarle el motivo me decía que le rezaba cuando se le extraviaba algún objeto y muchas veces, gracias a ello, los encontraba. Ahora, en vez de la imagen de San Judas Tadeo, coloqué un retrato de mi esposa ausente, para venerarla como ella lo hizo con el santo de su devoción.             La capilla de San Juditas es muy visitada, como lo demuestran las numerosas veladoras y ramos de flores. Durante nuestra breve estancia llegó un chofer de un tráiler, colocó una veladora en el piso, musitó una plegaria y se marchó. Sólo él sabía los motivos de su devoción, aunque me imagino que le pidió protección  en sus interminables recorridos por los caminos de la península de Baja California.